Yo no era feminista

Nos encontramos en una sociedad en la que estamos embargados por la violencia y la impunidad al grado que hemos normalizado todo tipo de violencia hacia la mujer y hacia básicamente cualquier forma social, evidentemente no nos damos cuenta hasta que la vivimos o la vemos de cerca.

Ingresé a un partido político por primera vez cuando tenía 14 años durante una campaña, me identifiqué con sus causas y creí que dentro de ese instituto era un lugar seguro para externar mi opinión y crecer políticamente, me preparé por muchos años para algún día representar a la juventud en mi estado.

Hoy tengo 23 años, logré ser representante estatal, era la única mujer en mi espacio de trabajo, además, la más joven. Fui violentada sexualmente por mi jefe directo y colaboradores laborales en repetidas ocasiones

Al principio las agresiones eran “bajas y sutiles” eran miradas, palabras en doble sentido, eran apretones de manos alargados y gestos al saludar, pasó el tiempo y estos actos no se detuvieron, se maximizaron, eran cada vez más continuos, cada vez más peligrosos.

Todos los días comenzaba a odiar mi trabajo, rezaba porque mi jefe no llegara a la oficina, pedía al cielo porque no me pidiera quedarme hasta tarde ó sola con él, le dije a algunas de mis amigas y sorprendentemente ellas pasaban por situaciones parecidas, curiosamente ninguna decía nada, nunca había visto esta clase de mundo, un mundo donde las mujeres jóvenes somos vistas como objetos, nuestros trabajos son cuestionados una y otra vez al igual que nuestras habilidades.

Las agresiones se agravaron, hasta el grado que mi jefe directo se masturbaba enfrente de mí, fui amenazada con perder mi puesto, mi salario, la posibilidad de una candidatura política, etc

Estaba siendo cada vez más terrorífico el simple hecho de una junta laboral, mi opinión nunca fue considerada, mi trabajo siempre fue cuestionado, refutado y desechado…

Un día, era de noche el secretario de acuerdos me pidió quedarme hasta tarde, lo hice, estábamos archivando en una bodega cuando sentí sus manos en mi cintura, voltee y él se encontraba excitado, no paso más de un segundo y me abrazo fuertemente por detrás mío, intenté retirarlo de mi cuerpo, pero era inútil, era suficientemente fuerte para lograr inmovilizarme, grité, me besó el cuello, logré zafarme de allí y hui, corrí tan rápido como mis pies podían correr, tenía lágrimas en mis ojos, logre llegar a la salida, tome mi teléfono y tome el primer taxi que vi pasar en la calle, pasaron 15 minutos y ya estaba en casa, en shock sin saber que había pasado…

Le pedí a un amigo que viniera por mí, al otro día presenté mi renuncia en el partido, mis superiores laborales descartaron la posibilidad de que fuera verdad, nadie me creyó.

Yo no era feminista, en realidad incluso llegué a cuestionar sus luchas y a refutar el concepto tan hermoso de sororidad, me declaro culpable de ingenuidad, de ignorancia e incluso de cobardía al no haber denunciado con anterioridad.

Dios es grande, me permitió vivir para contar algo tan trágico como es la violencia política de género.

Autor: Dialoguistas México

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